En Japón se dice: "El que tiene soja, posee carne, leche y huevo". ¿Y en la Argentina? En la Argentina se dice igual. No digo nada nuevo si digo que la soja es de origen asiático. Para empezar, la palabra soja es una palabra china.
La soja cultivada (su nombre científico es Glycine Max) es nativa del Este Asiático, probablemente originaria del norte y centro de China. Hacia el año 3000 a.C. los chinos ya consideraban a la soja como una de las cinco semillas sagradas. La producción de soja estuvo localizada en la zona de Manchuria, hasta después de la guerra chino-japonesa (1894-1895), época en que entró en Japón. Los japoneses comenzaron a importar paquetes de aceite de soja para usarlos como fertilizantes y de esta manera se extendió el uso de la soja aún más (lo que no podemos saber, sin embargo, es si esa soja tenía algo que ver con la que conocemos ahora). Recién en el año 1765 se expande hacia el continente americano, más precisamente al estado de Georgia, en el sur dej Estados Unidos. En la Argentina se comienza a cultivar desde la primera parte del siglo veinte.
La soja es un fabuloso recurso de proteína y tiene inmensas virtudes: entre 38 y 45 por ciento de proteína y un 20 por ciento de aceite. La soja es buenísima para personas con intolerancia a la lactosa (de la leche de vaca). Y además, no contiene colesterol. Tanto la leche de soja como el queso de soja, o tofu, son estupendas alternativas para reemplazar a los lácteos.
¿Qué más tiene la soja? Para empezar, pocas calorías (cien gramos de soja tienen sólo 30 calorías) y eso siempre es bueno para los que se cuidan de engordar. En esos 100 gramos hay un montón de nutrientes, más de lo que uno se imagina cuando ve un simple porotito: 1,8 gramos de fibra; vitaminas A; B6 y B12; vitamina C (13,2 miligramos); hierro, magnesio, fósforo, potasio y ¡hasta zinc! Quizás sea un poco alto su contenido de sodio (6 k mg), pero, bueno, nadie es perfecto...
En Japón comen los porotos de soja simplemente hervidos con un poquito de sal. Yo lo compré en el supermercado como edamame. En Hawaii se ha convertido en un snack favorito, y lo mismo pasa en los Estados Unidos, donde la gente se toma un minuto para comerse una barrita de soja. En Filipinas lo comen para el desayuno y se llama taho. A la mañana temprano se puede escuchar a los vendedores callejeros gritando: "¡Tahoooo!, ¡Ta-hoooo!". Pasan con dos baldecitos suspendidos de una vara de bambú que se balancea sobre sus hombros.
Aquí va la receta:
Se dejan remojar (en agua de la canilla nomás) durante 30 minutos y se pelan (la piel sale rápido). Luego se vuelven a poner en abundante agua durante 8 horas, para que se ablanden bien. Se los pasa por la licuadora hasta que queden como un puré, y se los cocina durante 15 o 20 minutos solamente. Después se los cuela para separar la leche de la pulpa. Una vez bien separada la leche de la pulpa, se le agrega gelatina sin sabor (a ojo), hasta que adquiera la consistencia deseada (medio blandito tiene que quedar). Se vuelca en una taza o pote y se lo sirve con una salsita tipo caramelo por arriba. Este caramelo es fácil de preparar: se hierve una taza de azúcar morena con una taza de agua, se agregan unas gotitas de limón y una pizca de jengibre. ¡Voilá! Su Majestad el Taho de soja, para un desayuno filipino.
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