Ahora, le toca el turno al sueño. En Nueva York lo empaquetan en bonitas cajas de regalo, le ponen un moño dorado y lo venden como producto de lujo. Esto lo leí en el The New York Times, en un artículo escrito por Melena Ryzik.
Nueva York, la ciudad que todo lo puede y todo lo inventa, ahora también vende sueño. ¿Cómo es el tema? Simple. Los neoyorquinos pueden ahora canjear la hora del almuerzo por un bien tan preciado como caro: dormir. Pero empecemos por el principio. Según un estudio de la Universidad de Chicago, una persona promedio, en una ciudad estadounidense promedio, duerme un promedio de 6,1 horas por noche, en vez de las deseables y recomendables ocho horas. Y según el National Center on Sleep Disorders, 70 millones de norteamericanos -uno cada tres adultos- tiene problemas para dormir.
Desde que los estadounidenses se enteraron de que dormir puede hacernos vivir más (especialmente si se trata de una siesta en la mitad del día), la industria del sueño no para de facturar. ¿Cifras? Sólo en püdoras para dormir, más de 3 mil millones de dólares por año, según datos suministrados por el IMS Health, firma dedicada a temas relacionados a la salud. Si sumamos accesorios y adminículos como almohadas especiales, música que adormece, aceites y pociones varias, masaje-adores, colchones que vibran y frazadas que se calientan, la suma asciende a 20 mil millones de dólares por año. No es chiste. Según el TNS Media Intelligence, las compañías farmacéuticas gastan entre 362 y 400 millones de dólares anuales en publicidad de pildoras para dormir.
Así que, ahora, en la ciudad de Nueva York, para quienes se sientan cansados o desganados, existe la posibilidad de comprar sueño y así procurarse el descanso necesario para trabajar con más alegría y buen humor.
¿Y cómo se hace? Fácil. A la hora del almuerzo se puede ir a un spa especial que se llama Yelo, ubicado sobre la calle 57, del lado oeste de Manhattan. Entran y compran, por sólo 12 dólares,
su ticket por media hora de
sueño (20 dólares por 1 hora).
También pueden agregarle un masaje de pies, por ejemplo, por 65 dólares. Luego pasan a una cabina hexagonal o pod, en donde hay una repo-sera de cuero beige, luces tenues, música que induce al sueño, y una manta de cashmere de Nepal. Dicen que la gente se duerme en forma casi inmediata. Según la revista Spa Finder, éste es uno de los tratamientos de belleza más pedidos en lo que va de 2007.
¿Quiénes compran sueño? En principio, los hombres de negocios estresados, pero también jóvenes ejecutivos, estudiantes en época de examen, madres con bebés y novias a punto de casarse, entre otros.
Dicen que el sueño es la nueva agua mineral embotellada. ¿Vieron que el agua, que siempre fue gratis, ahora viene envasada y se vende junto con la promesa de juventud y salud? Bueno, con el sueño va a pasar lo mismo. Ojalá que inventen algo que nos garantice un sueño feliz, porque lo que ofrecen ahora es sueño, pero no hay ninguna garantía de que sea feliz. Imagínense el cartel: "Duerma plácidamente y despierte feliz". Hoy el mercado ofrece pildoras para mejorar la sexualidad, cirugías para lucir veinte años más joven y tratamientos para lograr el cuerpo soñado. ¿Por qué no podríamos comprarnos también un sueño tranquüo y feliz?
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